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Mario Vargas Llosa y sus cinco mejores novelas, más la última: ‘Le dedico mi silencio’, con la que dice que cierra su ciclo novelísitico a los 87 años. /Fotografía de Francesca Mantovani /Gallimard – Cortesía Alfaguara

Las cinco mejores novelas de Mario Vargas Llosa y la última: ‘Le dedico mi silencio’

Uno de los grandes escritores contemporáneos, y Nobel de Literatura, dice adiós a la novelística, con 87 años. Elegimos, con reseñas y pasajes, sus cinco mejores novelas: 'La ciudad y los perros', 'Conversación en La Catedral', 'La tía Julia y el escribidor', 'La guerra del fin del mundo' y 'La fiesta del Chivo'. Homenaje de WMagazín, con la colaboración de Endesa

Mario Vargas Llosa afirmó que, con 87 años, se despide de la novela con Le dedico mi silencio (Alfaguara). Se trata de una declaración de amor a Perú a través de la reivindicación de su música criolla y, por ende, de la música popular en todas partes. Es un homenaje a ella como gran contadora de historias, a su capacidad inspiradora, a la literatura y a todo su proceso, al mestizaje, tanto musical como humano, y a las artes musicales como utopía catalizadora para obrar el milagro de la armonía en su país.

Le dedico mi silencio, es su novela número veinte, y la publica sesenta años después de su excelente debut novelístico, en 1963, con La ciudad y los perros. Cierra un círculo porque las dos son obras muy personales, vivenciales, de sueños y denuncias que aspiran a cambiar el mundo.

Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936), Premio Nobel de Literatura 2010, es uno de los cuatro grandes autores del llamado Boom latinoamericano que en los años sesenta del siglo XX abrió la ventana a lo mejor de la literatura latinoamericana y en español y contribuyó a renovar el territorio literario, junto a Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes y Julio Cortázar.

Ante el adiós a la novelística que anunció el escritor peruano (aquí puedes ver el artículo sobre novela en WMagazín) recordamos sus cinco mejores novelas (todas en editorial Alfaguara), a través de una breve reseña y un pasaje del libro:

Edición conmemorativa del medio silgo de ‘La ciudad y los perros’, editada por la Real Academia Española (RAE) y la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE), en 2013.

La ciudad y los perros (1963)

Vargas Llosa transmuta sus experiencias en el colegio militar Leoncio Prado, de Lima. Lo hace a través de un grupo de compañeros cadetes en cuyo ambiente hay discriminación, prejuicios, racismo y clasismo social y económico. Una voz clara, espontánea, emocional y convincente guía al lector por ese espacio que confronta al muchacho consigo mismo, con el mundo y las primeras ideas claras sobre vivir. El escritor logra una construcción literaria muy sólida.

Pasaje:

“Cava sintió frío. Los baños estaban al fondo de las cuadras, separados de ellas por una delgada puerta de madera, y no tenían ventanas. En años anteriores, el invierno sólo llegaba al dormitorio de los cadetes, colándose por los vidrios rotos y las rendijas; pero este año era agresivo y casi ningún rincón del colegio se libraba del viento, que, en las noches, conseguía penetrar hasta en los baños, disipar la hediondez acumulada durante el día y destruir su atmósfera tibia. Pero Cava había nacido y vivido en la sierra, estaba acostumbrado al invierno: era el miedo lo que erizaba su piel”.

***

Conversación en La Catedral (1969)

Aquí se hace presente con nitidez el futuro Mario Vargas Llosa: aparece su ingrediente más analítico, ensayístico y crítico con la realidad del mundo político y social. La novela gira alrededor del encuentro entre Zavalita, hijo de un empresario, y el conductor de su padre. Dos mundos, dos visiones, una sola realidad que indaga en la frase famosa: “¿En qué momento se había jodido el Perú?”. Obra de gran capacidad de análisis social y político en una narrativa de mucha sensibilidad literaria.

Pasaje:

“Desde la puerta de La Crónica Santiago mira la avenida Tacna, sin amor: automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris. ¿En qué momento se había jodido el Perú? Los canillitas merodean entre los vehículos detenidos por el semáforo de Wilson voceando los diarios de la tarde y él echa a andar, despacio, hacia la Colmena. Las manos en los bolsillos, cabizbajo, va escoltado por transeúntes que avanzan, también, hacia la plaza San Martín. Él era como el Perú, Zavalita, se había jodido en algún momento. Piensa: ¿en cuál? Frente al Hotel Crillón un perro viene a lamerle los pies: no vayas a estar rabioso, fuera de aquí. El Perú jodido, piensa, Carlitos jodido, todos jodidos. Piensa: no hay solución. Ve una larga cola en el paradero de los colectivos a Miraflores, cruza la plaza y ahí está Norwin, hola hermano, en una mesa del Bar Zela, siéntate Zavalita, manoseando un chilcano y haciéndose lustrar los zapatos, le invitaba un trago. No parece borracho todavía y Santiago se sienta, indica al lustrabotas que también le lustre los zapatos a él. Listo jefe, ahoritita jefe, se los dejaría como espejos, jefe”.

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Primera edición de ‘La tía Julia y el escribidor’.

La tía Julia y el escribidor (1977)

La vida personal y privada del escritor rodeada de la cultura popular de las radionovelas, la música y la mecánica de cómo transmitir emociones a través del arte. Una sátira y crítica social a partir de la recreación de la relación sentimental y matrimonial con su tía política con quien se casó antes de que él cumpliera 20 años. Una mirada a lo romántico, al amor y a cómo se desdibujan los sueños, y vuelven a surgir otros, el ciclo de la vida.

Pasaje:

“En ese tiempo remoto, yo era muy joven y vivía con mis abuelos en una quinta de paredes blancas de la calle Ocharán, en Miraflores. Estudiaba en San Marcos, Derecho, creo, resignado a ganarme más tarde la vida con una profesión liberal, aunque, en el fondo, me hubiera gustado más llegar a ser un escritor. Tenía un trabajo de título pomposo, sueldo modesto, apropiaciones ilícitas y horario elástico: director de Informaciones de Radio Panamericana. Consistía en recortar las noticias interesantes que aparecían en los diarios y maquillarlas un poco para que se leyeran en los boletines. La redacción a mis órdenes era un muchacho de pelos engomados y amante de las catástrofes llamado Pascual. Había boletines cada hora, de un minuto, salvo los de mediodía y de las nueve, que eran de quince, pero nosotros preparábamos varios a la vez, de modo que yo andaba mucho en la calle, tomando cafecitos en la Colmena, alguna vez en clases, o en las oficinas de Radio Central, más animadas que las de mi trabajo”.

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Una de las primeras ediciones de ‘La guerra del fin del mundo’.

La guerra del fin del mundo (1981)

Es la novelización de la guerra de Canudos, de 1897, en Brasil, entre terratenientes y lugareños y el aparato militar. Aires apocalípticos, por el cambio de siglo, recorren esta historia que se debate entre la cruda realidad de un tiempo de sequía y plagas, el orden que quieren imponer las fuerzas militares, la carga sobre las creencias del fin del mundo, la religión y los intereses de Brasil. Vargas Llosa levanta con precisión y conmoción el choque de mundos en escenarios que se abren y se cierran, en detalles y panorámicas, al ritmo del guía que es él .

Pasaje:

“Aparecía de improviso, al principio solo, siempre a pie, cubierto por el polvo del camino, cada cierto número de semanas, de meses. Su larga silueta se recortaba en la luz crepuscular o naciente, mientras cruzaba la única calle del poblado, a grandes trancos, con una especie de urgencia. Avanzaba resueltamente entre cabras que campanilleaban, entre perros y niños que le abrían paso y lo miraban con curiosidad, sin responder a los saludos de las mujeres que ya lo conocían y le hacían venias y se apresuraban a traerle jarras de leche de cabra y platos de farinha y frejol. Pero él no comía ni bebía antes de llegar”.

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Primera edición de ‘La fiesta del Chivo’.

La fiesta del Chivo (2000)

El escritor peruano, con esta novela, dicen que cumplió la promesa hecha por algunos autores del boom de escribir, cada uno, una novela sobre dictadores, teniendo en cuenta la peste de tiranos que tuvo el continente en el siglo XX. Vargas Llosa recrea la historia de Rafael Trujillo, dictador de República Dominicana, a partir de su asesinato. Dos miradas: los hechos propiamente ocurridos, en 1961, y el efecto tres décadas después, en 1996. Una visión panorámica sobre aquel manto oscuro que supuso la dictadura en el país y en el continente. Una voz narrativa potente entre el recuerdo y el análisis.

Pasaje:

“¿Lo detestas? ¿Lo odias? ¿Todavía? ‘Ya no’, dice en voz alta. No habrías vuelto si el rencor siguiera crepitando, la herida sangrando, la decepción anonadándola, envenenándola, como en tu juventud, cuando estudiar, trabajar, se convirtieron en obsesionante remedio para no recordar. Entonces sí lo odiabas. Con todos los átomos de tu ser, con todos los pensamientos y sentimientos que te cabían en el cuerpo. Le habías deseado desgracias, enfermedades, accidentes. Dios te dio gusto, Urania. El diablo, más bien. ¿No es suficiente que el derrame cerebral lo haya matado en vida? ¿Una dulce venganza que estuviera hace diez años en silla de ruedas, sin andar, hablar, dependiendo de una enfermera para comer?”.

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Le dedico mi silencio (2023)

Varios de los caminos literarios de Mario Vargas Llosa convergen en la que dice es su última novela. El escritor peruano-español «se despide del género novelístico con esta declaración de amor a la literatura como ficción y mestizaje de géneros a través de la música. Y con ella representa muchas de las cosas que para el Nobel peruano es su país», reseñó WMagazín.

Y continúa la revista: «Para eso ha elegido como espacio, Perú; como tiempo, los años noventa del siglo XX; como trama, la historia peruana de ese tiempo con el terrorismo de Sendero luminoso resquebrajando todo; y, como sueño, la utopía de la música como territorio de convergencia del reconocimiento más humano y convivencia de todos. Porque, como dice la editorial, ‘Le dedico mi silencio narra la historia de un hombre (Toño Azpilcueta) que soñó un país unido por la música, y enloqueció queriendo escribir un libro perfecto que lo contara’.

Vargas Llosa afirma que “el vals, nacido en los callejones de Lima, integró al Perú. Aquí cuento esa historia, y con ella agradezco un secreto amor que me ha acompañado toda la vida: el que siento por la música criolla y, en especial, por el vals de mi país”.

Le dedico mi silencio es una reivindicación «de la música popular como la gran contadora de la vida, de sus historias, aglutinadora de emociones, sueños, ideas y esperanzas, espejo de la igualdad del ser humano y punto de encuentro de la armonización entre todas las personas».

Pasaje:

«Leyendo a los cronistas de la colonia, Toño descubrió que los llamados «pregoneros» solían cantar en vez de decir las noticias y órdenes municipales, de modo que éstas llegaban a los ciudadanos acompañadas con música verbal. Y, con la ayuda de la señora Rosa Mercedes Ayarza, la gran especialista en música peruana, supo que los «pregones» eran los ruidos más antiguos de la ciudad, pues así anunciaban los vendedores callejeros los «rosquetes», el «bizcocho de Guatemala», los «reyes frescos», el «bonito», la «cojinova» y los «pejerreyes». Ésos eran los sonidos más antiguos de las calles de Lima. Y no se diga los de la «causera», el «frutero», la «picaronera», la «tamalera» y hasta la «tisanera».

Pensaba en eso y se inflamaba hasta las lágrimas. Las vetas más profundas de la nacionalidad peruana, ese sentimiento de pertenecer a una comunidad a la que unían unos mismos decretos y noticias, estaban impregnadas de música y cantos populares. Ésa iba a ser la nota reveladora de una tesis que había avanzado en multitud de fichas y cuadernos, todos guardados con celo en una maletita, hasta el día en que el profesor Morones se jubiló y con cara de duelo le informó que San Marcos había decidido, en vez de nombrarlo a él para sucederlo, clausurar la cátedra dedicada al folclore nacional peruano».

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Winston Manrique Sabogal

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