El primer amor del adolescente

Los amores de verano influyen en la adolescencia

En la segunda década de su vida, los niños comienzan a crecer, engordar... Su cuerpo cambia a una velocidad solo comparable a la de los primeros años de su existencia.

El amor llega en la adolescencia

No se trata solo de que estiren unos centímetros: el cambio en la pubertad es tan espectacular que el resultado es una persona distinta a la que hay que aprender a tratar y enseñarla a funcionar. La herencia genética, la nutrición, el clima, además de la variable sexo, condicionan la aparición de los caracteres sexuales secundarios.

Además de los ajustes a la nueva imagen corporal, los adolescentes comienzan a experimentar deseos sexuales en una intensidad que depende de su grado de maduración. Pero antes o después, el despertar sexual llega, y las nuevas emociones y los impulsos para expresarlo, también.

Mentes inmaduras en cuerpos desarrollados

La edad de iniciarse en la actividad sexual ha descendido en nuestro país, pero parece que el resultado de tales experiencias no ha sufrido muchas variaciones, y en numerosas ocasiones nos encontramos con unos cuerpos desarrollados para la actividad sexual, con unas mentes no tan preparadas para ello.

La confusión entre los sentimientos experimentados, unida a la mentalidad reinante de iniciarse precozmente y cuanto antes mejor, conduce a no dar la importancia que se merece al primer amor, tan decisivo para nuestra futura vida afectiva. Cuando caen en el enamoramiento, algunos adolescentes lo hacen sin cesar. Cambian continuamente su foco de interés, se enamoran cada poco de una persona distinta, lo que es propio de los jóvenes más inseguros y vulnerables. Otros, los más tímidos o difíciles de contentar, por el contrario, no lo consiguen aunque lo intenten.

En cualquier caso, el estado de enamoramiento altera su estado vital. Todo pasa a un segundo plano: los padres, los hermanos, los amigos y, no digamos, el estudio. El elegido o elegida queda investido de un halo de perfección por el que se suspira, y se producen unos cambios físicos palpables: falta de sueño, ensimismamiento, trastornos alimentarios por exceso o por defecto y sentimientos de euforia que llevan de la risa al llanto. Esta primera etapa de ánimo exaltado tiende a durar poco y pueden ocurrir dos cosas: o que se termine –el final del verano es propicio para los súbitos finales– o que se consolide y se transforme en un amor más firme y sereno.

El necesario apoyo de la familia

Para enfrentarse a todos esos cambios y la turbulencia de sentimientos, el adolescente necesita el apoyo de la familia y de su entorno. Para muchos padres, hablar con sus hijos de estos temas no es fácil. Temen que entablar una conversación sobre las relaciones amorosas signifique una invitación a la promiscuidad o sirva para transmitir “malas” ideas al hijo, cuando en realidad lo que sucede es exactamente lo contrario.

Desde la más temprana infancia no solo se debe responder a todas las preguntas del niño –algunos nunca preguntan nada–, sino además introducir nosotros el tema, abordándolo en sus distintos aspectos. Lo que no conviene es tener una única conversación en la que se cuente “todo” y en la que se le advierta de los peligros. Hay que aprovechar situaciones cotidianas para comentar, al hilo de algo concreto, noticias, sucesos familiares...Escuchar sus opiniones y estimular tanto su razonamiento como su capacidad crítica.

Cuando son mayores, a ellos les costará hablar de sus sentimientos y deseos, de los que a menudo se avergüenzan. Además, en ocasiones no conciben que sus padres puedan ser interlocutores válidos en estos temas. El egocentrismo propio de la edad les hará creer que han sido ellos los primeros en descubrir el amor, a la vez que verán a sus progenitores, no como a un hombre y una mujer, sino tan solo como a sus padres.

Temas de conversación

La conversación con los hijos es un elemento básico, y los temas a bordar diversos:

· Cambios en su cuerpo y en el de los demás. Es un tema fácil de abordar. Aunque en los centros escolares suelen tratarlo, no debemos dejar en manos de los docentes toda la información. Es nuestro deber y derecho, como padres, comentar estos cambios de su persona.

· Emociones nuevas que van a experimentar. No hay que temer hablar de ellas directamente. Los adolescentes se sienten confusos cuando se enamoran debido, entre otras cosas, a la educación tan vacía de sentimientos que impera hoy día. Se preguntan: ¿es esto realmente amor? ¿Será solo atracción sexual? ¿Se parece a lo que veo en casa, a la relación de mis padres? Son muchos los padres que no tienen una relación afectuosa o que la ocultan delante de sus hijos como algo vergonzoso. Los hogares en los que no se siente el afecto, en los que el cariño no se manifiesta de forma física, en forma de besos, abrazos, caricias, son fríos y pésimos modelos para una educación en la afectividad. Las relaciones entre las personas deben tener emoción y ternura, y su expresión física no debe estar desvinculada de estas emociones.

· Aprender a escucharlos. Hay que permitirles expresarse y, lo más difícil, evitar caer en el sermón y el consejo antes de que terminen de hablar. No debemos condenar de antemano. Es mejor hacer preguntas indirectas sobre lo que sienten y les preocupa, para poder ayudarlos a razonar y a tomar decisiones.

· Su información es insuficiente. Aunque las relaciones amorosas suelen ser el tema sobre el que versan todas sus conversaciones y sobre el que todos creen saberlo todo, la información que manejan es insuficiente y plagada de errores, a pesar de lo cual será frecuente que corten a sus padres cuando éstos traten de hablar al respecto.

· Enseñarles a controlar sus impulsos. Hay que mostrarles la necesidad de decir no cuando piensan que no y enseñarles a no dejarse arrastrar por las presiones de los demás. Deben saber valorar cuáles son las consecuencias de sus acciones.


· Hay que estar cerca cuando el periodo de exaltación llega a su fin. A veces acaba sin estridencias, pero en la mayoría de los casos no hay acuerdo en el momento de poner el punto final y aparece el sufrimiento que en algunos adolescentes llega a ser muy alto. Su escasa experiencia en la forma de resolver problemas afectivos puede llevarles a tomar decisiones y medidas desproporcionadas (depresiones, bajones en la autoestima...).

Para concluir, hay que inculcar a nuestros hijos que nadie debe obligar nunca a otra persona a hacer nada que no quiera hacer. Que conocerse y experimentar el amor debe ir ligado a unos sentimientos más profundos que los del mero desahogo. Hay que tener siempre presente que las primeras experiencias amorosas son fundamentales, porque se reflejan en nuestra posterior trayectoria personal.

María Peñafiel. Psicóloga

Artículos relacionados

Comentarios (1)

10 feb 2014 09:54 Betty

Imaginate con chicos con discapacidad. Este tema se complica más. Podrías aconsejarme bibliografia para consultar? Gracias. Betty.